DE LA DOLCE VITA A LA RED. El Paparazzi digital.

Posted on 30 septiembre 2011

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Días enteros escondidos detrás de unos matojos, sin dormir, apenas sin comer ni moverse, en busca de la instantánea más buscada, esa que les hará millonarios. La adrenalina, el dinero y el culto a la celebridad son los vértices de la profesión de paparazzo. Tan odiados por unos como admirados por otros son una de las caras, quizás la menos agradecida del negocio del espectáculo. Si tienes un enjambre de flashes a tu alrededor seguramente te hayas convertido en parte de este Olimpo de glamour y vanidad.

Artículo Originalmente publicado en ZUM! Guía de Ocio. Septimbre de 2011.

HOLLYWOOD CONFIDENTIAL
El cotilleo como motor de la Industria
La crónica social existe desde que el mundo es mundo, pero se convierte en objeto de consumo con la popularización del cine como espectáculo de consumo, y los estudios necesitan alimentar la maquinaria publicitaria de sus principales estrellas. Un periodismo amable con sus criaturas, a las que otorga el estatus reservado hasta entonces a miembros de la realeza y a las que trata un con respeto reverencial.
Pero casi de forma paralela, y empujados por rencillas entre estudios, envidias y la inevitable curiosidad del público, surge un periodismo más agresivo con los actores y actrices de Hollywood: reporteros curtidos en las secciones de sucesos de los diarios escarbaron (a menudo literalmente) en la basura de las estrellas para dar con sus trapos más sucios.  Nace así una subcultura periodística que nutre de escándalos (a menudo forzados o pactados de antemano) de las estrellas a los populares tabloides, nidos de cotilleo, encumbramiento o derribo de las estrellas del momento. El actor Danny Devito retrató de forma magistral el papel de reportero corrupto Sid Hudgens en la película de Curtis Hanson L.A. Confidential (1997).

FELLINI PONE EL NOMBRE AL FENÓMENO
De la crónica social a la caza de imágenes

Cuando el fenómeno del periodismo de investigación de las estrellas se populariza, ya no hay un solo medio al que alimentar, y todo el mundo se lanza a la caza de sus propias historias. Las estrellas empiezan a ser acosadas por una nube incesante de reporteros y fotógrafos que revolotea a su alrededor en busca de una declaración o una fotografía.
La potente imagen de una actriz perseguida por varios reporteros fue utilizada por Federico Fellini en su película La Dolce Vita (1960),  donde una deslumbrante Anita Ekberg  baja de un avión y a sus pies se postran una docena de fotógrafos a la caza de la instantánea perfecta. De entre todos ellos sobresale Paparazzo, un fotógrafo de prensa persuasivo y tenaz. El nombre, acuñado por el guionista de la película Ennio Flaiano, sugería en el argot italiano el molesto zumbido de un mosquito, y sirvió para definir a aquella nueva especie de fotógrafos que perseguían a las estrellas.
Enseguida el término fue recogido por infinidad de medios, sinónimo del molesto movimiento de una nube de reporteros alrededor de una celebridad, y su plural Paparazzi se aceptó sin remedio como apelativo para aquellos agresivos cronistas de sociedad.

UN PUÑETAZO Y TE HACES FAMOSO
Paparazzi como fenómeno social

La necesidad de obtener más y más información, cotilleos jugosos y fotografías comprometedoras de las personalidades más admiradas convierten al paparazzo en una parte clave del engranaje editorial. Y su figura se mitifica para buena parte del público, convirtiéndose en algo así como cazadores del descuido y carroñeros del lado más feo de la fama.
Se podría distinguir entre el fotógrafo de eventos, aquel que limita su radio de acción a alrededor de la alfombra roja, que trabaja siempre en enjambre y que persigue sin pudor a la celebridad, aún a riesgo de caer trastabillado entre cables, luces y coches; y el paparazzo solitario, que se esconde durante días en un agujero y sin moverse espera paciente la instantánea más buscada, salida de potentes teleobjetivos situados a cientos de metros de distancia de su presa. Un lobo solitario que usa técnicas de espionaje, que no revela sus fuentes y que rara vez es detectado.
Ya en los años 70 la figura del reportero de famosos cobró una fuerte notoriedad, llegando en algún caso en convertirse en objeto mismo de la fama. Uno de los paparazzo más conocidos es Ron Galella, mundialmente conocido por su conflicto con Jacqueline Kennedy (a la que profesaba amor y odio a partes iguales, y que fue condenado por un juez a permanecer a más de cien metros de ella), y por ser golpeado por Marlon Brando a la salida de un restaurante, dejándole sin cinco de sus dientes.

EL MUNDO AMA A PÉREZ HILTON
El cotilleo en la era de Internet

Hasta este momento, la información de sociedad y el trabajo de los paparazzi estaba en manos de grandes grupos editoriales que canalizaban y distribuían las noticias a todo el mundo. El fotógrafo vende su material a la agencia, que a su vez lo distribuye a las revistas interesadas, y así llega al público. De las publicaciones más serias a los tabloides más escandalosos, todo el mundo accede a su ración de cotilleo más o menos escabroso.
El caso de Pérez Hilton supone una vuelta de tuerca al modo de entender el periodismo rosa: el lector pasa de ser mero receptor de información, y se convierte en generador de contenidos al añadir su punto de vista (a menudo punzante e hiriente) al cotilleo que recibe, derivando en un producto aún más apetecible para millones de personas.
Su blog (perezhilton.com) es visitado a diario por millones de adictos que requieren su dosis de mala leche y desprecio por los famosos, y a la vez desean ver a quién ha encumbrado al efímero Olimpo Online de la fama. Lo que empezaron siendo comentarios jocosos sobre las fotos de los paparazzi se han convertido en editoriales sobre la fama por los que muchos aspirantes suspiran. La red revoluciona una vez más el modo en el que vemos el mundo y sirve para relativizar la trascendencia de un engranaje efímero y lleno de frivolidad.

EXCLUSIVAS A GOLPE DE IPHONE
Todos llevamos un paparazzo dentro

Y al final de esta historia nos encontramos nosotros, exigiendo cada vez más y más información, pero también generándola a golpe de teléfono móvil y cámara de fotos. En tiempos de periodismo low cost no hay mejor modo de abaratar costes que recurrir a turistas que se convierten en improvisados paparazzi solo por el hecho de compartir hotel con una Celebrity, porque se han cruzado con un actor en un restaurante o porque se han pasado seis horas en la puerta del cine esperando a que el protagonista llegue al estreno de su nueva película.
Tal es el deslumbramiento que nos produce el oropel de la fama que ansiamos pertenecer al star system. Al no poder acceder a él digamos, por “los medios ortodoxos”, nos colocamos al otro lado de la alfombra roja para sentirnos parte del espectáculo, y dejar constancia gráfica de que estuvimos allí, cerca de las estrellas. Como se cuenta en el documental Teenage Paparazzo (2010) a modo de conclusión, el cotilleo no lo es tanto para con el famoso retratado, sino para las personas que lo retratan; fans, admiradores anónimos que ansían formar parte de ese club tan exclusivo, pero que saben que nunca serán admitidos. El fallo, la borrachera inoportuna, el problema familiar, el desengaño amoroso… puestos bajo el foco inquisidor del paparazzi, nos acerca a aquellos que pensamos inalcanzables, y para muchos eso es reconfortante. Son humanos, nos decimos torciendo la sonrisa.

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