EL REPORTERO QUE MATÓ AL GENERAL. Reflexiones sobre los nuevos modos de informar.

Posted on 5 julio 2010

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El 23 de junio una sola persona logró desestabilizar la jefatura del ejército estadounidense en Irak, forzando la salida de su general, Stanley McChrystal, destituido por Obama. Esa persona es Michael Hastings, periodista freelance y autor de un artículo periodístico que ha supuesto el cese de uno de los tipos más poderosos de la Tierra.
Todo ello nos hace reflexionar sobre el poder de El Cuarto Poder. El periodismo, sus nuevos modos de comunicación, su relación con la política y la economía, el nacimiento de los social media y la forja de opinión en la Era de la Globalización.

Artículo originalmente publicado en ZUM! Guía de Ocio, Julio de 2010.

Michael Hastings  y el Affaire  McChrystal.

Como en la mejor película de acción, la biografía del periodista está plagada de emoción y drama. Famosa fue su cobertura de la Guerra de Irak para el semanario Newsweek. En Bagdad  conoció a su novia, la funcionaria  Andrea Parhamovich, que fue asesinada en una emboscada planeada por los insurgentes iraquíes. Su historia quedó reflejada en varios reportajes y en el libro I Lost My Love in Baghdad: A Modern War Story.
Conocido por sus trabajos como freelance, el ejército de los USA dio su permiso para trazar un perfil del Jefe de la misión militar estadounidense en Afganistán, y Hastings pasó una temporada convertido en la sombra del General McCrystal, quien llevaba desde 2009 al mando de la estrategia en la zona. El artículo resultante, comprado por la revista Rolling Stone, ha resultado ser una bomba de relojería: el antiguo ranger se despachaba contra los políticos y burócratas tanto de su país como de sus aliados, se enfrentaba con sus subordinados y mostraba una imagen bravucona e insolente.  De poco ha servido su estrategia COIN, el acercamiento al pueblo afgano con la orden de rebajar el fuego contra civiles (lo que le valió fuertes criticas de sus propios soldados, que se ven indefensos en tierra hostil), ya que ha perdido su guerra en los despachos de Washington a causa del trabajo de  un periodista. Ha sido fulminantemente destituido por el propio Barack Obama.

El corresponsal de guerra, ¿una especie en extinción?

La vida azarosa de Hastings forma parte de una estirpe de periodistas que parece estar desapareciendo. Mientras la labor del corresponsal de guerra parece hoy más necesaria que nunca, el modo en el que hacen su trabajo ha cambiado tanto que parecen piezas de una partida de ajedrez cuyo ganador se ha pactado de antemano.
El peligro sigue latente en los conflictos modernos, pero las nuevas tecnologías han facilitado su modo de hacer periodismo. El teléfono vía satélite ha sustituido al fax, las crónicas se mandan en tiempo real y las anécdotas de clásicos como Pérez Reverte o Ramón Lobo quedan relegadas a los libros de aventuras. Y es que la información también es un arma con la que ganar las guerras, y los ejércitos se han propuesto controlarla para que beneficie a sus intereses.
De ahí que en la Guerra de Irak surgiera la figura del periodista empotrado en las columnas de infantería que informaba desde el corazón mismo de la operación militar. Y lo que puede parecer un hito digno del Pulitzer, también puede convertirse en información controlada por el propio ejército, que filtra lo que sale al exterior.
En cualquier caso, gracias al trabajo de los corresponsales disfrutamos de una visión compleja y realista de los conflictos armados, útil para formar nuestra opinión.

La denuncia en la Red. El caso WikiLeaks.

Las fuentes de un periodista son sagradas, y las filtraciones son una de las armas más poderosas del periodismo actual. Cuando una garganta profunda aporta en secreto información sensible a un reportero, éste tiene el deber y el derecho de no revelar su nombre, amparado en la legalidad que consagra la libertad de prensa.
Ahora bien, si nuestra garganta profunda filtra miles de documentos, videos y pruebas que muestran las atrocidades del ejército en sus operaciones, te encuentras con la disyuntiva de guardarlos en un cajón, o sacarlos a la luz y que tu vida corra un serio peligro.
Esto es lo que le sucede al periodista Julian Assange, fundador de la web Wikileaks.org cuya función es difundir las filtraciones que le han llegado desde dentro del ejército norteamericano y que muestran matanzas indiscriminadas a civiles, operaciones fallidas y desmanes de los militares en Oriente Medio. La repercusión del trabajo de Assange le ha traído una vida en clandestinidad pese a que su nombre está en boca de todos. Filtraciones llegadas de regímenes totalitarios, China, el Este de Europa o África le ponen en el objetivo de un posible atentado contra su vida.
Para seguir con su cruzada, Assange se ha visto apoyado desde el Gobierno de Islandia, quien ha promulgado una ley que le protege de posibles represalias legales de países como EE.UU y le dota de inmunidad para seguir trabajando, convirtiendo al país en ejemplo de la libertad de expresión.

La información y los núcleos de poder.

Como hemos visto, la información es poder. Es capaz de generar opinión, cambiar el signo de unas elecciones o derribar los mercados financieros. Por ello la línea entre la información y la propaganda es tan difusa, y el ansia de control genera conglomerados empresariales en torno al periodismo que tratan de controlar la creación y difusión de noticias con fines puramente económicos.
Por un lado, generar información es cada día más caro: requiere de grandes infraestructuras que se ven amortizadas por el precio del periódico o la publicidad en los medios. Hasta ahora. Por otro lado, internet ha acercado el periodismo al ciudadano, quien puede acceder al contenido por un precio ridículo, mientras se evita el filtro de los grandes grupos editoriales: confecciona su menú informativo, casi gratis y en el tiempo y forma que más le conviene. El conflicto entre creadores de contenidos y consumidores de información está servido, y la gran perjudicada es la calidad en la información. Por un lado ellos, bien por interés o bien por falta de medios, nos sirven peores noticias. Y nosotros nos hemos acostumbrado a no pagar por ellas, e incluso llegamos a pensar que nosotros mismos podemos producirlas. Todo ello genera la gran crisis que viven los medios de comunicación actualmente.

El futuro y la comunicación el la Red. Los Social Media.

El periodismo ha sido golpeado por Internet duramente, y le ha obligado a reinventar su metodología sin saber bien hacia dónde va caminando. La demanda de una información de calidad a tiempo real por parte de una audiencia cada vez más activa en la producción de contenidos y opinión coloca a los medios en una posición peligrosa: la rapidez perjudica a la calidad del producto que nos venden.
Una de las soluciones adoptadas ha sido salomónica: si no podemos ser más rápidos informando que nuestros propios usuarios, convirtámoslos a ellos en protagonistas del hecho de informar. Así nacen los conceptos de periodismo ciudadano y social media. Ahora somos nosotros quiénes contamos lo que está pasando, armados con la cámara del móvil, el blog y la cuenta del Twitter. Incluso los grandes medios preparan plataformas que se nutren de noticias generadas por sus lectores, y provocan así una sensación de proximidad entre la noticia y sus destinatarios.
Pero no pueden dejar en nuestras manos la tremenda responsabilidad de informar. Hay que encontrar alternativas de financiación para la creación de contenidos de calidad, alejados de intereses económicos; sostenibles, fiables y capaces de generar la crítica y la opinión. Que nuestra participación sea activa, útil, exigente y vigilante con periodistas y editores: ellos son quienes tienen la responsabilidad última de informarnos, y no al revés. Sólo el tiempo nos mostrará las posibles soluciones.

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Posted in: Cultura, Medios, Opinón, ZUM!