LA MARABUNTA DIGITAL. A la toma de las redes sociales.

Posted on 10 junio 2010

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En el momento de escribir estas líneas, un ciclón azotas las ondas deportivas españolas: el cese fulminante del director del Carrusel Deportivo de la Cadena Ser, Paco González. Más allá de las implicaciones radiofónicas y empresariales, ha sorprendido la increíble oleada de adhesiones al cesado por parte de miles de personas a través de las redes sociales. Una marabunta que expresa su descontento apuntándose a grupos de Facebook o Tuenti, dejando mensajes de apoyo en Twitter e inundando los correos de la propia cadena exigiendo la vuelta del locutor.

Artículo originalmente publicado en ZUM! Guía de Ocio. Junio de 2010.

El Poder de los Usuarios.
No es la primera vez que La Red sirve de altavoz para movilizar a millones de personas en contra o a favor de determinadas propuestas; Internet se convierte en el nuevo ágora y las redes sociales vertebran “manifestaciones online” capaces de hacer temblar los cimientos de medios, empresas e instituciones. Todo ello nos lleva a reflexionar sobre el poder de estas nuevas herramientas, el ciberactivismo y el valor de las reacciones “online” en el mundo “offline”.

Mucha gente subestima, aún hoy en día, el poder de las redes sociales. Casi tantos como los que las consideran imprescindibles para la vida moderna. Casi 500 millones de usuarios de Facebook; en España Tuenti se merienda la franja más joven de los internautas con 5 millones de usuarios mayores de 14 y menores de 20. Twitter alcanza los 100 millones de mensajes diarios; Myspace, Orkut, Last-fm, Linkedin, Messenger, Youtube… la vida online se ordena en torno a las redes sociales, y generan tanto tráfico como las webs más populares, tanto como para oscurecer la importancia de sitios como Google. En poco tiempo han cambiado los hábitos de navegación de millones de usuarios.

Únete a la causa!
El “Affaire Carrusel” en la la red no es algo nuevo. Hemos asistido ya a docenas de casos de manifestaciones online en los últimos tiempos. Movilizaciones espontáneas que aúnan pasiones, descontentos, filias y fobias. Recordamos, por ejemplo,  la reacción de los internautas contra la “Disposición Sinde” recogida en la Ley de Economía sostenible que pretende cerrar administrativamente webs que crean conflictos con los derechos de autor. Cientos de blogs se unieron en su protesta y un grupo de bloggers redactaron un manifiesto con el que se pretende sentar las bases de una red neutral e independiente, manifiesto con el que llegaron a reunirse con representantes del Ministerio de Cultura, partidos políticos y agentes sociales.

La información fluye en la red a la velocidad de la luz, y eso no siempre es bueno. Vivimos una época en la que contrastar las noticias es más fácil que nunca: tenemos acceso a las fuentes y pese a ello la red es un hervidero de falsos rumores y exageraciones. Los HOAX (término usado para denominar los bulos en la red) son moneda corriente y se expanden por redes sociales vertiginosamente, alcanzando el estatus de verdad al poco tiempo de su propagación, y haciendo casi imposible su desmentido una vez han infectado correos, tweets o grupos de Facebook.

Las redes sociales han forjado definitivamente la personalidad digital del internauta. Nuestro perfil público nos define como miembros de una comunidad online, pero también da pistas de nuestra personalidad real, nuestros gustos, aficiones, manías y hábitos, además de localizarnos en el tiempo y en el espacio gracias a las aplicaciones móviles. Lo que resulta más curioso es que la mayoría de esos datos son entregados por parte del usuario voluntariamente, y a cambio de bien poco. En el ansia de construir nuestra identidad digital dejamos en manos de extraños buena parte de nuestro bagaje vital, algo que raramente haríamos si alguien nos abordara por la calle un día cualquiera.

Del Efecto Streisand y la relación entre usuarios de redes sociales.
Uno de los casos paradigmáticos del poder de los internautas frente al intento de censura en la red le ocurrió a la actriz Barbra Streisand, llegando al punto de bautizar casos similares (cada vez más comunes en la red) con su nombre. Todo sobrevino cuando la Streisand descubrió unas fotos aéreas de su casa publicadas en una web. Ella, celosa de su intimidad amenazó a sus gestores con emprender acciones legales contra el site si no retiraban esas tomas. Inmediatamente y como respuesta a esa censura, centenares de sitios colgaron las fotos provocando que una noticia aparentemente poco relevante tuviera un alcance mundial, y las supuestas medidas contra la web quedaran en nada.

Los excesos de confianza.
Los efectos sobre el control de la identidad digital, sobretodo en el caso de personajes públicos o corporaciones suelen tener dos caras. Por un lado son perfiles que acercan el personaje a las personas, pero un exceso de celo puede desencadenar reacciones contrarias

Algo muy curioso ha sucedido con Twitter, una herramienta aparentemente inofensiva pero que cuenta con un gran poder de difusión debido a su inmediatez y a su carácter móvil. En 140 caracteres puedes describir qué estás haciendo o cómo es tu estado de ánimo, y publicarlo a tus seguidores con tu Iphone o tu Blackberry. Muchas celebrities (sobre todo en EE.UU) adoptaron esta herramienta para estar cerca de sus seguidores, y sus redes de contactos crecían exponencialmente cada día, lo que da cierta sensación de poder en una meritocracia como Twitter. Sea como fuere, el comportamiento reflejado en muchos de esos tweets de actores, estrellas de la música, deportistas de élite e incluso políticos, ha acarreado problemas a sus creadores: excesos de sinceridad que suponen la filtración de noticias importantes, enfados, broncas, malentendidos… quizás el contacto tan directo con una comunidad de followers (seguidores) en donde no todos son fans provocan reacciones airadas, se airean secretos y generan crisis institucionales.

Retroalimentación. Las redes y sus vasos comunicantes.
Como si no fuera suficiente tener actualizado tu perfil en una de las muchas redes sociales existentes, cada día surgen aplicaciones que consiguen comunicarlas para que el usuario no pierda ripio en ninguno de los canales de moda.
Así, el usuario puede publicar las entradas de su blog en Twitter, ver los comentarios que generan sus entradas en su perfil de Facebook, recibir actualizaciones a través de su lector de feeds, comentar el estado de ánimo de un amigo a través del móvil, compartir sus lista de música de Last-fm y Spotify, agregarse a un grupo o manifestar su desagrado por una crítica en el blog de un amigo. El círculo se cierra.
Parece que Facebook se ha llevado la palma en cuanto a la actividad de los usuarios en la red. Genera un tráfico brutal, y todos los caminos conducen a él. Grandes empresas y medios de comunicación utilizan la estructura de Facebook para estar en contacto con sus seguidores y clientes, creando una sensación de comunicación bidireccional pocas veces vista hasta ahora. Los usuarios se sienten seguros y cercanos a sus referentes, y esa sensación es el gran triunfo de las redes sociales, que atesoran usuarios para venderlos a su verdadero cliente: los anunciantes.

Y es que es inevitable no ver la maravillosa estrategia comercial: millones de usuarios configuran su perfil personal gratuito y ceden sus datos a compañías que trazan perfiles de consumo capaces de hacerte llegar la publicidad que quieres ver, en el momento justo y especialmente diseñada para ti. ¿Cómo? Gracias a esos datos que le has proporcionado. En tiempos en los que la publicidad tradicional está estancada, nada mejor para un anunciante que asegurarle que sus productos serán vistos por su público potencial, asegurando de un modo casi científico su impacto en sus consumidores. Mucha gente alega que esa pérdida de intimidad es el peaje que pagamos por utilizar gratis herramientas tan potentes y costosas que permiten estar en contacto con nuestros seres queridos. Otros piensan que es un precio demasiado alto, y prefieren restringir el acceso de los gestores de redes a sus datos personales, aprender a utilizar las herramientas de privacidad que las propias redes ofrecen o directamente no darse de alta en esos servicios.

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