LOS PRODUCTORES. El Quién es Quién de la ficción televisiva (I)

Posted on 10 mayo 2010

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El Equipo A

Desde hace ya unas temporadas vivimos inmersos en el mundo de las series de televisión. Pequeñas píldoras de ficción que cada semana nos cuentan historias fascinantes, y que en su conjunto llegan a formar auténticas obras de arte popular.Pero no siempre fue así. Sólo el arrojo de unos pocos elegidos fue capaz de cambiar el modo en el que disfrutamos de la televisión, modificando para siempre los esquemas de narración, producción y realización. Durante estas dos entregas (I y II) veremos quiénes fueron y con qué nos deleitaron algunos de estos creadores de sueños.

— Artículo originalmente publicado en ZUM! Guía de Ocio. Abril de 2010

LOS PRECURSORES. Una televisión para toda la familia.

Aaron Spelling

Las series siempre han sido útiles para la televisión.. Se crea un elenco de personajes que semana tras semana nos cuentan un historia. Y aunque series las ha habido de todo tipo y condición, casi todas contaban con el mismo patrón: debían gustar a toda la familia. Ya fueran autoconclusivas (cada capítulo contaba una historia que empezaba y terminaba), o siguieran un hilo argumental (como culebrones o las largas sagas norteamericanas), todas perseguían entretener al espectro más amplio posible de la audiencia. Así sus productores podrían asegurarse el mayor número de anunciantes durante los cortes de publicidad.

Así, durante buena parte de los años 80 nos encontramos con series de aventuras (El Equipo A, McGiver, Corrupción en Miami…); comedias familiares (Los problemas crecen, Las Chicas de Oro…), y disfrutamos con las grandes sagas de lujo y poder (Dinastía, Falcon Crest). Y aunque la parrilla televisiva estaba tomada por formatos para el disfrute familiar, las cadenas comenzaron a dejar hueco a ideas un poco más arriesgadas. El paradigma de entretenimiento puro y duro, encarnado por productores como Aaron Spelling (Vacaciones en el mar en los 70’s; Sensación de Vivir en los 90’s) dejó paso a propuestas más personales como las de Stephen Bochco, quien centró las tramas en gremios y profesiones y dio más profundidad a los personajes. De ahí nacieron series como Canción triste de Hill Street o La Ley de Los Ángeles.

Un tipo con un micrófono y un médico revolucionan la comedia.

Jerry Seinfeld y Larry David

Las bases de la ficción televisiva, salvo honrosas excepciones, estaban atadas a las veleidades de los anunciantes, lo que generaba historias que entretenían, sí, pero que no llegaban a la profundidad que el cine mostraba. Pero hacia final de los ochenta comienzan a salirse del tiesto algunos aventureros que apostaron por un público determinado al que hacer llegar sus historias.

La primera gran revolución llegó de la mano de dos tipos muy suyos. En el año 89 y un cómico y monologuista se asoció con un guionista y productor neurótico y mordaz, y juntos dieron a luz a una de las comedias más descacharrantes. Eran Jerry Seinfeld y Larry David, y consiguieron con Seinfeld algo impensable hasta entonces: no contar nada durante 22 minutos, y que la gente los adorara los diez años que estuvieron en el aire. Su humor absurdo, la construcción de personajes, los running-gags, la colocación de los sketches… sentaron las bases de lo que serían las sit-coms en el futuro.

El otro gran hito llegó en el año 90, cuando un joven médico de Nueva York llega a una remota ciudad de Alaska, Cicely, y con él un microcosmos peculiar y maravilloso donde nada es lo que parece. Doctor en Alaska introdujo en sus tramas guiños a la cultura popular, la filosofía, la ciencia y la historia sin que se resintiera su humor surreal y único. Josua Brand y John Fasley, sus creadores, acertaron con esta mezcla de estilos con la que nos adentramos en los años 90.

OVNIS Y FREAKS TOMAN LA PANTALLA.

David Lynch

Quizás la serie que marca la tendencia de la década es Expediente X. Creada por Chris Carter en 1993, narró durante diez años las peripecias de dos inadaptados agentes del FBI que se enfrentan a toda una serie de misterios y conspiraciones que mezclaban turbios intereses gubernamentales con abducciones extraterrestres. Una estética oscura, acción reposada y la continua sensación de estar pisando terreno prohibido consiguió atrapar a adolescentes y a maduros amantes del misterio.

También hubo tiempo para el coqueteo con el cine, y la ABC encargó a David Lynch un Thriller episódico para su prime time. El resultado de su mente perturbada fue Twin Peaks, una suerte de drama policial que desencadenó en una orgía surrealista de personajes extraños y caóticos que descentran continuamente la historia como los habitantes de un carnaval. Ssu éxito fue inmediato, tanto que se prorrogó la temporada inicial con una segunda parte irregular que empañó un poco el brutal impacto de sus primeros episodios.

Y llega Tony Soprano. Y la HBO.

David Chase

David Chase llega a la HBO, canal de cable norteamericano, de la mano de Tony Soprano, Don de New Jersey, entrando en la cuarentena, deprimido por una vida que le sobrepasa: nos fácil regir una familia mafiosa y una familia corriente al mismo tiempo. Y por eso acude al psiquiatra. Bajo estas premisas se construyó una de las más intensas historias de todos los tiempos, un drama duro y feroz que durante seis temporadas consiguió crear un retrato impecable de las relaciones humanas, más allá de cualquier sexo o condición. Nadie hasta entonces había filmado con pulso firme nuestras pequeñas miserias y las ponía en la pequeña pantalla. Y lo que es más importante, fueron los primeros en pisar el resbaladizo suelo de las audiencias minoritarias, lo que les permitió dar un salto cualitativo en guiones que no se pensaban para la familia sino para un espectador adulto y exigente.

El tiempo le dio la razón a la HBO, y la cadena se convirtió en sinónimo de calidad. La independencia económica que les daba ser un canal de pago les permitió financiar otras obras en las que la calidad primaba por encima de la audiencia. Su slogan reza: “No es Televisión. Es HBO”, una declaración de intenciones que se puede apreciar en obras tan aclamadas como A dos metros bajo tierra o The Wire. Libertad creativa, compromiso, presupuestos acordes a la historia y una audiencia entregada fueron el premio a una apuesta tan arriesgada como victoriosa.

Las Joyas de la HBO.

David Simon

¿Qué tiene de interesante la vida de una familia que regenta unas pompas fúnebres? Los Fischer podrían parecer el paradigma de lo anodino en una televisión ávida de acción y suspense. Pero el pulso narrativo de Alan Ball y la visión de Sam Mendes (Oscar por American Beauty) consiguieron transmitir en A dos metros bajo tierra una visión novedosa sobre el luto y la muerte, el miedo a la soledad y lo complicado que resulta relacionarnos en una sociedad que nos aisla y nos congela.

El otro gran producto de la cadena es un thriller policiaco. Pero es mucho más que eso; es la autopsia de la sociedad contemporánea más minuciosas que se ha podido hacer jamás. Un periodista especializado en husmear en los bajos fondos (David Simon) se topa con un policía acostumbrado a moverse por ellos (Ed Burns) y juntos idean The Wire, que en un tono casi documental disecciona los bajos fondos de su Baltimore natal, escenario oscuro y corrompido donde policías, camellos, delincuentes o drogadictos se cruzan con políticos, sindicalistas o periodistas, y así formar un mosaico de relaciones tan rico como complejo. Capas y capas de realidad que no escapan al escrupuloso análisis de Simon, pausado y exhaustivo como una autopsia, pero a la vez de una acción trepidante y un realismo pasmoso.

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