ACORDES Y DESACUERDOS. La batalla por los derechos de autor.

Posted on 11 enero 2010

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Asistimos a una época convulsa, y una guerra se está gestando entre los creadores de contenidos culturales y nosotros, sus consumidores finales, quienes compramos y disfrutamos de sus obras. Artistas, ejecutantes, editores y entidades de gestión de derechos conforman un frente común que trata de perpetuar un modelo de negocio que se antoja obsoleto en la nueva era de Internet. Al otro lado de la trinchera, los usuarios que tratan de conservar la Red como una herramienta neutral y que dé acceso universal a la cultura. Analicemos las motivaciones de los combatientes.

Articulo Originalmente publicado en ZUM! Guía de Ocio. Enero de 2010.

La aparición del Manifiesto en defensa de los derechos fundamentales en Internet a principios de diciembre, en respuesta al anteproyecto de ley de Economía Sostenible ha desatado una guerra entre dos frentes: de un lado la coalición formada por creadores, artistas y entidades de gestión de derechos de autor; por el otro, los ciudadanos, consumidores finales de los contenidos culturales. Con el gobierno y las proveedoras de Internet como espectadores, la protección de los derechos de autor se convierte en el epicentro de una batalla que va más allá de lo puramente económico: un nuevo escenario(Internet) pone patas arriba una industria (la Cultural), que pelea por seguir manteniendo su hegemonía.

(Breve) HISTORIA DE LOS DERECHOS DE AUTOR.

Todo creador tiene derecho a ser retribuido por su obra. Esto nadie lo discute. Y además tiene derecho a ejercer el control sobre ella. En defensa de algo tan intangible como la creación intelectual, surgieron una serie de derechos que, en principio, protegían y alentaban la creación, proporcionando ingresos que facilitaran continuar con sus obras.

La aparición de la imprenta precipitó el surgimiento de esos derechos: del Derecho de Propiedad Intelectual emanan los Derechos de Autor, que recogen tanto los Derechos Morales, como los Patrimoniales y de Explotación.

Los Derechos Morales recogen el derecho a la paternidad de la obra y el derecho a su integridad: al autor se le reconoce el derecho de reivindicarse como padre de la obra, y a que oponerse a cualquier modificación de la misma.

En la búsqueda de la justa retribución por su trabajo, al autor se le reconocen derechos patrimoniales, que regulan la reproducción y distribución de sus obras, de tal modo que éstas quedan protegidas ante posibles usos no autorizados por el propio autor: con arreglo al Convenio de Berna (1886), los autores gozan del derecho exclusivo a autorizar la interpretación o ejecución pública, la radiodifusión y la comunicación de sus obras en público. Y son estos derechos los que se sustituyen por un Derecho de Remuneración Equitativa al autor por el cuál terceros le pagan por hacer uso de sus obras. Es decir, quienes explotan (reproducen o retransmiten) la obras sujetas a estos derechos han de remunerar al autor por su uso, ya que éste le cede sus derechos.

¿A QUIÉN PROTEGEN LOS DERECHOS DE AUTOR?

Los modos de difusión de la obras a menudo son tan costosos que el autor no puede hacer frente a ellos. En su afán por llegar al máximo número de personas posibles, el autor cede sus derechos a quienes tienen los instrumentos necesarios para dar difusión a las obras. Instrumentos que requieren de una inversión inicial, para la cuál se crean sociedades y empresas.

En un principio fueron los editores y dueños de imprentas quienes necesitaron asegurarse unos ingresos que retornaran la inversión inicial. Posteriormente fueron las productoras y discográficas las que tomaron el relevo, convirtiéndose en creadoras de contenido, además de distribuidoras, en asociación con los autores, que ceden sus derechos de explotación a cambio de regalías (royalties), una cantidad de dinero que reciben en compensación por la cesión de sus obras, que pasan a ser explotadas comercialmente por las corporaciones.

El derecho de autor en inglés se denomina copyright, es decir, “derecho de copia”, y fue el derecho que se arrobaron los primeros impresores sobre las obras de sus autores asociados: durante un tiempo (catorce años según el Estatuto de la Reina Ana de 1710), el impresor tenía derecho exclusivo a realizar copias, y una vez fallecido el autor, la obra pasaba a dominio público.

Reformas posteriores que perduran hasta nuestros días sitúan, por norma general, que el periodo de vigencia del derecho de autor se alargue hasta los 70 años tras la muerte del autor. ¿Qué se pretendía con ello? Pues que las obras no se perdieran en el olvido en tiempos de la imprenta, ya que se incentivaba al impresor con la exclusividad de la obra, y sus herederos presionarían a los impresores a que siguieran haciendo copias por las que percibirían dinero en forma de regalías.

Este ha sido el modelo que ha perdurado hasta la aparición de Internet. Y ahora veremos por qué.

Y EN ESTAS LLEGÓ NAPSTER… Cambios en la transmisión de la cultura.

Aunque para muchos el modelo de negocio era imperfecto, con las bases asentadas gracias al sistema de royalties floreció una industria cultural poderosísima que abarcó todas sus variantes: música, cine, literatura… y que dominó la difusión de contenidos culturales hasta los comienzos del siglo XXI, cuando Internet se popularizó.

El modelo de negocio era un circuito cerrado debido a las grandes inversiones que había que acometer para que una obra se convirtiera en un objeto universal: su fabricación, promoción y distribución son tan costosas que el artista y su obra queda en manos de la industria, que generaba beneficios espectaculares ya que eran a la vez productores de contenido y dueños de los canales de distribución, por lo que podían decidir qué íbamos a consumir, y cuánto nos iba a costar. Aunque siempre ha habido outsiders y circuitos alternativos, la mayor pare del pastel era suya.

Así, cuando el bueno de Shawn Fanning crea Napster en 1999 pone patas arriba toda la industria, que hasta ahora basaba el precio de sus productos en los costes derivados de la reproducción y distribución de las obras. A partir de entonces, la red abarataba los costes hasta hacerlos insignificantes, y la industria miró hacia otro lado.

Surge así el problema de adaptación de la industria al nuevo escenario: sus estructuras no parecen adecuadas para el modelo de distribución a través de la red, al que ven capaces de batir, y una vez que se dejan llevar por la evidencia y trasladan los contenidos a la red, pretenden seguir obteniendo el mismo beneficio que antes, cuando sus costes han desaparecido, y lo pretenden conseguir tras años de darle la espalda a la red, lo que favoreció la aparición de alternativas gratuitas que les arrebataron cuota de mercado. En otras palabras: pretendían cobrar por un disco online lo mismo que por un disco físico, sin tener los costes del disco físico (fabricación, distribución), y lo pretendían hacer diez años tarde, tiempo empleado para el surgimiento de las redes P2P que distribuían gratuitamente el material.

Y SE LÍA PARDA… Creadores (y su industria) contra los consumidores.

El derecho de autor se convierte entonces en una herramienta que pasa a defender a la industria, y no al creador, que sigue sometido a los designios de una maquinaria obsoleta, y se convierten el mayor argumento para arremeter contra los consumidores, quienes ahora encontramos sus productos gratis en la red.

Mientras que desde la industria se pone el máximo empeño en criminalizar a los usuarios de redes de intercambios de archivos, los jueces en nuestro país no han encontrado indicios de delito en el hecho de compartir archivos sujetos a derechos de autor a través de redes P2p. Ni siquiera los famosos portales de enlaces, donde se pueden encontrar referencias a películas y discos, han sido condenados ya que en sus servidores no alojan contenido alguno, sólo apuntan al lugar donde se pueden encontrar, bien sea a servidores de descarga directa o a torrents de descarga a través de Trackers como Mininova o The Pirate Bay, entre otros cientos.

En la página de David Bravo, abogado especialista en derecho de Internet, se pueden consultar los sobreseimientos de las trece causas que hasta la fecha se han llevado a cabo contra páginas que contenían enlaces a descargas de material sujeto a derechos de autor. Bravo dedica buena parte de sus esfuerzos para aclarar en los medios la terminología adecuada, con la ley y la jurisprudencia en la mano, lo que le ha convertido en una figura de la blogosfera.

¿Y CÓMO QUEDA LA COSA? La batalla por los derechos de los autores continúa.

En España, como en el resto de Europa y Estados Unidos, la batalla es encarnizada. De un lado los creadores y sus entidades de gestión de derechos, establecidas como lobbys de presión a los gobiernos, pretendieron colar de rondón una disposición por la cual una comisión administrativa y dependiente del Ministerio de Cultura tuviera la potestad de cerrar páginas web susceptibles de estar vulnerando los derechos de autor. Como los jueces no les daban la razón, trataron de saltárselos para así poder actuar en función de sus intereses. En el otro lado, los internautas pusieron el grito en el cielo, y se movilizaron para dar forma al Manifiesto en defensa de los derechos fundamentales en Internet, montando tal revuelo que hizo recular hasta al mismo Presidente Zapatero, que salió al paso para asegurar que no se cerraría ninguna web.

La fractura evidente entre el consumidor y la industria cada vez es más grande, y arroja al creador a un abismo en el que se le demoniza de un modo a menudo injusto: no todos se sienten representados por la elite que encabeza manifestaciones que organizan la industria y las entidades de gestión. El término “internauta” se utiliza de un modo torticero, porque usuarios de la red lo somos todos (autores, usuarios y directivos). No todos los artistas son millonarios y sólo buscan el mejor modo de ganarse la vida con sus creaciones, lo que es tan justo como el derecho al libre acceso a la cultura. Por eso, muchos de ellos vuelven sus reclamaciones a la industria, quien ha de encontrar soluciones para retribuirles. Creadores y usuarios, ciudadanos ambos, han de fomentar cambios en la mentalidad de la industria y exigir a las entidades de gestión de derechos transparencia en sus acciones y vocación de servicio a la sociedad.

En juego está la neutralidad en la red, nuestro derecho a la intimidad en las comunicaciones, el libre acceso a la cultura como derecho fundamental, el derecho a una justa retribución a los autores y el cambio de modelo de una industria que ha de adaptarse a los nuevos tiempos, como ya lo hieran otras muchas a lo largo de la historia. Quizás sea el momento de plantearse la utilidad de unos derechos de explotación que no pueden defenderse en la práctica, y buscar alternativas que beneficien a los creadores, a la industria y a los consumidores. Alternativas que ya existen, y que analizaremos en próximos artículos.

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Posted in: Cultura, Medios, Opinón, ZUM!